Colección

TC FORD V8

1940

El Turismo de Carretera se constituyó a partir de los años 40 en la categoría más importante y masiva del automovilismo de competición sudamericano, siendo Argentina, Brasil, Uruguay, Chile y Perú los países donde esta disciplina se encontró más arraigada y se mantuvo vigente hasta finales de los años 60.

Importantes figuras del automovilismo mundial se formaron como pilotos, preparadores y mecánicos en esta importante forma de competencia automovilística. El brasilero “chico” Landi, los argentinos Oscar Alfredo Galvez “el aguilucho”, el conocido piloto de Fórmula 1 Carlos Alberto “Lole” Reuteman, y nada menos que el quíntuple campeón del mundo, Juan Manuel Fangio “el chueco”, son algunos ejemplos.

En Chile, el mejor piloto de “Cupecitas” TC –como se les llamaba- fue sin duda Bartolomé Ortiz Sanz. Y la colección Jedimar cuenta nada menos que con su original auto en exhibición, autentificado por su gran copiloto, amigo y mecánico, Juan Manuel Silva, así como por el propio chapista (o desbollador) que fabricó la trompa en aluminio.

El auto, un Ford Coupé de 1940 – en su configuración de competición de principios de los años 60 – presenta las típicas modificaciones implantadas por los más destacados preparadores argentinos de la época: una trompa abatible en aluminio, con los guardafango incorporados para un fácil acceso a la planta motriz. La carrocería con su piso “acanalado” para ser montada y “encajada” más bajo en el chasis, bajando así considerablemente el centro de gravedad y el ángulo de inclinación del vehículo en curvas.

La mayoría de los TC de aquella época llevaban en los cuartos traseros de la carrocería algún tipo de “alitas” o colas aerodinámicas en un afán un poco ingenuo de estabilizar el coche a altas velocidades, lo que haría de cada uno un diseño único y diferente. El interior del auto contaba sólo con lo esencial: un par de butacas de aluminio “prestadas” por algún avión de la época, los instrumentos de tablero esenciales para el monitoreo del funcionamiento del motor, y un enorme estanque de combustible, en aluminio, que compartía el espacio interior del vehículo – a la espalda de sus ocupantes – con el piloto y copiloto, sin pensar en el inherente riesgo que esto representaba. No obstante, los Ford 40 Turismo de Carretera o “cupecitas” como cariñosamente se les apodaba, eran capaces de desplazarse por infernales caminos rurales a más de 200 km/h.

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